#1 Activación Social Cerámica: una experiencia para reactivar prácticas culturales desde la vida cotidiana
Hay algo que ocurre en Barro Calchaquí y que no termina cuando se apagan los hornos ni cuando cada participante regresa a su lugar de origen. El encuentro continúa en las conversaciones que permanecen abiertas, en las amistades que se fortalecen, en las investigaciones que encuentran nuevos rumbos y en las colaboraciones que empiezan a tomar forma tiempo después.
Esta primera Activación Social Cerámica nació precisamente de una de esas conversaciones entre TANQA, Casa de Oficio Cerámico, y Charó Espacio Vivo, espacios de gestión autónoma coordinados por Nancy Alvarado y Silvana Ruiz.
Durante nuestra estadía en San Carlos, Salta, y a partir de la experiencia de compartir feria junto a Doña Virginia Cruz, comenzamos a imaginar una propuesta sencilla y cercana a la fecha que se aproximaba: invitar a las personas a volver a cocinar en una olla de barro el 1.º de agosto y compartir una imagen de ese momento.
Para ampliar la convocatoria, extendimos la invitación a formar parte de la iniciativa a Rosángela Manzione (Taller Imagen), Verónica Graziano (LaChurita), Cecilia Novinic (Revista Cerámica) y a todas aquellas personas que quisieran sumarse.
La iniciativa no buscaba homenajear un objeto ni promover el consumo de una pieza cerámica. La idea era otra: explorar si una acción cotidiana podía contribuir a visibilizar una práctica cultural vigente y abrir una conversación sobre su continuidad en la vida contemporánea.
Las respuestas comenzaron a llegar desde distintos puntos del país y también desde otros lugares. Familias que cocinan en ollas de barro desde hace generaciones, personas que decidieron volver a usarlas después de mucho tiempo y ceramistas que, además de producirlas, las incorporan a su propia mesa.
La convivencia de esas imágenes reveló algo significativo: la olla de barro sigue ocupando un lugar en la vida cotidiana de muchas personas. No únicamente como pieza artesanal o patrimonial, sino como parte de prácticas que continúan transmitiéndose, reinventándose y encontrando nuevos sentidos en los hogares.
Cada fotografía mostró que la vida de una pieza no termina cuando sale del horno. Su recorrido continúa cuando encuentra un lugar en una cocina, alrededor de una mesa y en la historia de una familia. Cocinar en olla de barro puede ser también una forma de encuentro, de transmisión y de vínculo. Y reconocer esa acción nos invita a pensarla como una práctica cultural viva.
La experiencia también habilitó nuevas preguntas en torno a su uso, su función social y su relación con quienes producen las ollas y con quienes deciden incorporarlas a su vida cotidiana. Porque una práctica cultural no se sostiene solamente desde quienes la realizan: también necesita de quienes la eligen, la usan, la transmiten y generan las condiciones para que continúe.
En ese sentido, la Activación Social Cerámica funcionó como una experiencia de activación cultural: no para medir el éxito de una convocatoria, sino para explorar qué sucede cuando una práctica cotidiana vuelve a ocupar un lugar en la conversación pública.
Quizás ese sea el principal aprendizaje de esta primera experiencia: las prácticas culturales no permanecen vivas únicamente porque existan personas que las realizan. También necesitan espacios que las hagan visibles, las pongan en circulación y habiliten conversaciones sobre su continuidad.
La olla volvió al fuego, sí. Pero lo que realmente se encendió fue otra cosa: una red de manos, memorias y mesas que demuestra que ninguna tradición sobrevive sola. Sobrevive porque alguien la cocina, alguien la fotografía, alguien la comparte y alguien, en algún lugar, decide que todavía vale la pena encender el fuego.
Esta primera Activación Social Cerámica no concluye aquí. Es apenas el primer rescoldo de un camino que comenzamos a encender, con nuevas iniciativas y prácticas por activar, mientras trabajamos en la edición del material recibido.
(Clickeá sobre las imágenes para verlas completas)




















