CARLOS NORBERTO PAGANI “Toti Pagani”

Por Cecilia Novinic

Fue florista, albañil, carpintero, con enorme capacidad manual, pero la vida lo llevó a jubilarse como renombrado alfarero.

Estudió su secundario en la Escuela Municipal de Cerámica Nº1 (Bulnes), Caba, donde, a partir de 4to año enseñaban a hacer tiro, como materia obligatoria, que servía para el servicio militar. Y fue de los mejores tiradores. Así nació su verdadera pasión: la caza.
Ya recibido, comenzó a trabajar como auxiliar de Alfarería y en el Taller de producción de su escuela. Allí terminó dando clases de perfeccionamiento a docentes de la institución y a alfareros becados que llegaban de otros países. Tiempo después, también lo convocaron de la escuela de Cerámica “Fernando Arranz”.

“Me hice profesional a los 18 años”

En esos tiempos había mucho trabajo y se ganaba muy bien, trabajaba durante toda la semana, más sábados y domingos, y hacía todas las piezas que le pedían. Lo que ganaba el fin de semana trabajando en alfarería, era lo mismo que 15 días de trabajo en la carpintería de su suegro.
Estaba de moda la cerámica, no había mucho plástico ni aluminio. Y todo era de cerámica. Y había mucho trabajo particular. Producía pies de lámpara, cazuelas, cazuelitas, todo lo que sea redondo, vasos, jarras samovar (para hacer té árabe).

En 20 años gané mucho dinero, cambiaba de auto cada dos años. Me pude comprar una casa y armar mi taller.”

Su primer maestro fue Alzugaray, clásico maestro de taller. Él hacía la producción para la escuela, y luego entró Pagani como su suplente. A los 23 le dieron el cargo mayor de producción. Trabajaba en Bulnes por la mañana y por la tarde en Arranz, y también en su taller particular. Parte de su producción era para un cliente que exportaba a Estados Unidos. A veces tenía un ayudante que amasaba la arcilla mientras él trabajaba todo el día en el torno patero (manual de pie). Y así preparaban las piezas para que los alumnos las decorasen.

“Fui muy metódico y rápido.”

Llegó a fabricar por año, alrededor de 700 piezas en la escuela de Bulnes y otro tanto en la escuela de Arranz, más de 1000 piezas al año. La mayoría en torno patero, en Arranz con un torno eléctrico. Mientras cualquier alfarero demoraba diez minutos para hacer una pieza, Toti demoraba uno.

“Para trabajar, yo usaba dos relojes, uno que no funcionaba, que lo ponía cuando empezaba a trabajar, y otro que sí, con el que medía cuántos minutos me llevaba cada pieza, porque el minuto tenía un precio.” 

También trabajó para muchos artistas que le encargaban piezas de “alfarería en crudo” para después cocinar y decorar, eso era costumbre en esos tiempos.
Una de sus piezas emblemáticas está hoy en la entrada de la Escuela de Bulnes, de 90 kilos de arcilla.

“Yo fui el último alfarero en trabajar en torno patero. Hasta que me jubilé.” 

En su taller particular, él amasaba 200 kg por día de arcilla. Pero también, durante 11 años, tuvo un empleado que amasaba y batía arcilla. y así su producción se duplicaba y él se dedicaba a tornear (la terminación de las piezas) y el empleado pegaba picos y asas.
Su señora, tenía a cargo la decoración, lo había aprendido y era muy profesional.
En ese tiempo se valoraba mucho el arte hecho a mano, se hacían piezas importantes, también cantidad de cazuelitas: casi 270 cazuelitas por día… tenía una balanza de mesa, hacía “pelliscas” (porciones de arcilla), iguales, una por una, para que tengan el mismo tamaño. También ponía una guía, una pajita de escoba, para el diámetro y la altura. Mucha practicidad y habilidad. 

“Una de las críticas que le hacían a Toti en su momento, era que sus piezas eran tan perfectas y era tan rápido, que eras más liviana que las coladas.” Comenta Marcelo Loreto, ceramista alfarero y su exalumno, que hoy lo invita los sábados a su taller y le pide que haga una pieza.
Marcelo Loreto había terminado su Tecnicatura de Alfarería y quería aprender con él, pero como no ofrecía clases particulares, tuvo que anotarse en el curso de Auxiliar.
“cuando me vio trabajar, me hizo empezar desde cero, desde amasar…era muy duro en la enseñanza…”
Le terminó enseñando todos los secretos, sobre la humedad, dónde está la fuerza, dónde está la tensión, cómo trabajar la arcilla y todos los conocimientos, fue su único discípulo de alfarería reconocido por Toti Pagano.
“Él es cazador profesional, es su gran pasión, y yo lo empecé a llevar al campo y me enseñó a cazar. Así empezamos a compartir y terminamos en una amistad muy grande.”

Después de jubilarse, pasó 20 años sin tocar la arcilla. Hoy tiene 84.
“Si no tocás el barro, no hay parrilla” lo amenaza riendo Marcelo, y así lo invita a no olvidar lo que lo hizo célebre, la alfarería.
Si otros encuentran en la alfarería una forma de expresión artística, Toti Pagano encontró solo un oficio, pero que desarrolló con una técnica depurada, gran maestría y rigor técnico, y lo convierten en uno de los mejores alfareros argentinos.