https://www.instagram.com/anagamababyproject/
https://www.youtube.com/@AnagamaBabyProject-g4s
Introduction
«Cuando su tarea ha sido cumplida y su trabajo terminado, todos dicen: “Sucedió por sí mismo, y lo hicimos nosotros”».
Lao Tsé, Tao Te Ching, capítulo 17.
Entre el 8 y el 29 de julio de 2026 se desarrolló en Kohila, Estonia, The Anagama Baby Project, una experiencia piloto de creación colectiva en el marco de la edición especial del Kohila Woodfiring Symposium. Después de 25 años de encuentros dedicados a la cerámica y la cocción a leña, doce artistas que habíamos participado en distintas ediciones regresamos para construir una única escultura monumental, concebida a partir del espacio interior del gran horno anagama.
El proyecto fue impulsado por el colectivo internacional KEHAGAMA, cuyo nombre une dos idiomas: keha significa «cuerpo» en estonio y gama, «horno» en japonés. Juntos forman «el cuerpo del horno», un concepto fundamental de nuestro trabajo que reconoce tanto la tradición japonesa del anagama como el lugar donde esta experiencia cobra vida.
El colectivo estuvo integrado por An Roovers (Bélgica), Callum Trudgeon (Reino Unido/Nueva Zelanda), Efrat Eyal (Israel), Florencia Califano (Argentina/Italia), Joonas Parve (Estonia), Kaupo Holmberg (Estonia), Katarzyna Miściur (Polonia), Kevin Andrew Morris (Escocia), Lorena Camara (Argentina), Niko Mankinen (Finlandia), Roy Maayan (Israel) y Üllo Karro (Estonia).
Nuestras trayectorias reunían experiencias en escultura, alfarería, dibujo, grabado, artes escénicas e investigación de materiales. Esa diversidad estuvo presente en las conversaciones y en las maneras de abordar la construcción. Nos vinculaba también la experiencia previa en Kohila y el deseo de volver a trabajar juntos alrededor del fuego.
La propuesta se gestó entre 2024 y 2026, durante dos años de encuentros virtuales en los que fuimos acordando cómo desarrollar el proyecto. La colaboración comenzó mucho antes de encontrarnos físicamente: hubo que imaginar una metodología, organizar recursos y aceptar que las decisiones artísticas se transformarían durante el trabajo compartido.
La residencia tuvo lugar en Tohisoo Manor, en el municipio de Kohila, condado de Rapla. Durante el año, este conjunto histórico alberga la Escuela de Artes y Música de Kohila. La casa y sus alrededores constituyeron nuestro principal entorno de trabajo y convivencia, con talleres de cerámica, espacios de almacenamiento y áreas de producción al aire libre.
En el parque se encuentra el horno anagama, elemento técnico central del proyecto. El primero fue construido en 2000 y reemplazado por uno nuevo en 2014. Frente a él hay un horno de leña más pequeño, de tipo Bourry box, construido en el marco del proyecto intensivo Erasmus EcoCeramics.
Nos alojamos a poca distancia de los talleres. La cocina y los espacios comunes facilitaron la vida compartida, y contamos con bicicletas para desplazarnos entre el alojamiento, los estudios y otros lugares de Kohila. El parque, el acceso al río para nadar y la sauna tradicional estonia también formaron parte de nuestra experiencia cotidiana. Una carpa facilitada por la Municipalidad de Kohila funcionó como estudio abierto y permitió acercar el proceso de construcción a los visitantes.
Durante los primeros tres días nos reunimos para observar el horno, bocetar y discutir los conceptos que orientarían la escultura. Compartimos el trabajo con tres jóvenes estudiantes de arte estonias, Maya, Mia y Margarita, y con las artistas audiovisuales y documentalistas argentinas Renata Yocca Teruel y Luna Gorojovsky, responsables del registro integral de la residencia.
Anagama Baby fue un experimento escultórico basado en el espacio interior del horno. Construimos una obra que siguió la forma y la estructura de su cámara, transformando la arquitectura del anagama en la arquitectura de la escultura. El horno participó desde el comienzo como una condición material y espacial de la propuesta.
La obra se concibió en relación con el movimiento del fuego: su dirección, flujo, calor, cenizas e intensidad cambiante intervinieron tanto en las decisiones formales como en el proceso de construcción. El desafío consistía en desarrollar un lenguaje artístico compartido mediante el intercambio, la negociación y la experimentación. La escultura registraría así la estructura física del horno y el proceso colectivo de su creación.
Inicialmente habíamos considerado trabajar dentro del anagama. Finalmente decidimos construir una plataforma que reproducía las dimensiones reales de su cámara, para acceder a la escultura desde distintos lados y organizar su posterior traslado. Dividimos la superficie de apoyo en 22 sectores de madera, que permitieron construir y cargar cada parte por separado.
Una gran extrusora nos permitió producir elementos tubulares cilíndricos y de sección cuadrangular. Con ellos armamos estructuras firmes en la base, que se iban entrelazando y abrazando hacia la parte superior. La experiencia de los maestros horneros orientó la disposición de los volúmenes y los vacíos, considerando los recorridos de la llama y las zonas donde el fuego podía circular o encontrar resistencia.
La escultura fue diseñada para ese horno. Su estructura podía leerse como una suerte de esqueleto interno del anagama; algunos arcos incluso sugerían la ubicación de las bocas laterales de alimentación. Las condiciones de la cocción participaron de las decisiones escultóricas desde el comienzo.
Uno de los aspectos más intensos de la experiencia fue la fluidez con que la obra creció frente a nosotros. A medida que avanzábamos, se produjo un entendimiento en la acción que excedía las palabras. Las formas propuestas por una persona eran continuadas, modificadas o sostenidas por otras. Cada intervención requería observar lo que ya existía y considerar cómo contribuir al conjunto.
En paralelo, organizamos la producción de piezas para el mercado de cierre, cuencos y tazas destinados a los talleres de decoración y cazuelas para la comida comunitaria. También hubo que cortar y transportar leña, preparar materiales y distribuir horarios. Estas tareas formaron parte de la metodología de trabajo: la autogestión atravesó la construcción de la obra, la organización cotidiana y las actividades abiertas al público.
Una vez terminada la escultura, ajustamos las terminaciones de cada módulo y realizamos la carga. La cocción incluyó una etapa inicial de secado, con las primeras 24 horas a aproximadamente 60 °C. Durante la alimentación del horno, los maestros horneros organizaron turnos de seis horas y quienes los acompañábamos, de tres. Sostener el fuego, observar sus cambios y aprender de las decisiones tomadas en cada turno fue una experiencia inolvidable.
La cocción completó el proceso escultórico. El movimiento de las llamas y la intensidad del calor transformaron la arcilla, mientras las cenizas dejaron sus huellas sobre las superficies. El resultado reunió las decisiones de construcción con aquello que sucedió dentro del horno.
El programa público tuvo tres jornadas principales, abiertas a la comunidad local y a ceramistas de Kohila y Tallinn. El 18 de julio presentamos a los artistas y compartimos el proyecto, sus preguntas y el proceso de trabajo, mediante encuentros y visitas al estudio y al área de los hornos.
El 19 de julio se realizaron talleres de decoración de tazas y cuencos, actividades con arcilla para las infancias y un taller de animación stop motion. La jornada permitió también compartir la cocción en el horno Bourry box de una primera producción destinada a la venta.
La memoria del simposio tuvo un lugar destacado mediante la presentación del catálogo Kohila Symposium 2021–2025, a cargo de Lumi Kristin Vihterpal y Jekaterina Kaplan, responsables de las ediciones de ese período. El encuentro reunió a organizadores anteriores y permitió reconocer los 25 años de historia del simposio, junto con el traspaso simbólico hacia quienes asumirían su continuidad, Kaupo Holmberg y Efy Zeniou.
El 26 de julio presentamos The Anagama Baby en el parque de Tohisoo Manor. La escultura quedó instalada al aire libre, cerca del horno, donde permanecerá emplazada. Participamos de una performance que retomó, desde el cuerpo y la acción, nuestra experiencia colectiva. El cierre incluyó un mercado cerámico, proyecciones de cortometrajes y relatos vinculados con la alfarería, además de una comida comunitaria abierta y gratuita en la que compartimos locro y borsch, servidos en cazuelas.
Durante esa presentación, An Roovers escribió y leyó unas palabras que expresaron el sentido del proyecto. Su reflexión situó el origen de Anagama Baby en una respuesta a un tiempo de profundas crisis, creciente polarización y desafíos sociales, en el que la necesidad de conexión y de una humanidad compartida se vuelve urgente.
En ese contexto, el colectivo eligió desplazar la atención del producto final hacia el proceso. El cuidado de la materia, del fuego, del horno y de los demás se convirtió en un principio artístico:
«En lugar de ser doce artistas de distintas culturas y trayectorias compitiendo por el mejor lugar dentro del horno, elegimos conscientemente la vulnerabilidad de una única voz compartida».
Construir la escultura exigió escuchar atentamente a la arcilla y a los demás, desprendernos de nuestras firmas individuales y buscar un lenguaje común. Como explicó An, el cuidado colectivo significó realizar cada acción, desde preparar la arcilla hasta modelar los detalles, pensando en el conjunto.
El nombre Anagama Baby alude a un proceso de maternidad: dar a luz, nutrir y proteger. En las palabras de Roovers, durante esos días no intentamos «domesticar» la escultura ni el horno; los cuidamos. Las energías masculinas y femeninas del colectivo se encontraron en una práctica donde la intuición, el cuidado y la fuerza física se reforzaron mutuamente.
La cocción se convirtió también en una responsabilidad compartida. Cuidar la temperatura implicaba atender al bienestar, al cansancio y a la seguridad de quienes sostenían el fuego. Al enfriarse el horno, el esmalte de ceniza y el paso de las llamas habían fundido las huellas individuales en una superficie común.
«Lo que permanece es más que una escultura: es un monumento al cuidado colectivo».
El registro realizado por Renata y Luna acompañó todas las etapas: la construcción, el desarrollo técnico, los programas públicos, la cocción y la presentación final. Su mirada permitió observar la evolución de las relaciones y de la materia a lo largo del tiempo. Un documental en proceso dará continuidad a esta experiencia y permitirá compartirla con públicos de otros lugares.
An cerró su intervención con un mensaje que proyecta el trabajo más allá de la residencia:
«Hemos demostrado que, cuando dejamos atrás la necesidad de control y elegimos la lentitud radical y el cuidado mutuo, podemos hablar un lenguaje común y transmitir un mensaje de esperanza lo suficientemente poderoso como para transformar el mundo».
En la asamblea final conversamos sobre nuevos desafíos para el colectivo, otros lugares de encuentro y posibilidades de gestión para volver a trabajar juntos. Los últimos días estuvieron dedicados también a la limpieza y al acondicionamiento de los espacios que habíamos compartido.
The Anagama Baby Project y la residencia fueron financiados por la Unión Europea a través de Culture Moves Europe, la Asociación de Autoridades Locales del Condado de Rapla, la Municipalidad de Kohila y el Fondo Cultural de Estonia, con el apoyo de la Asociación de Ceramistas de Estonia. También acompañaron el proyecto el área de Cerámica de la Academia de Artes de Estonia, Kerako OÜ y Kerasil.
La escultura permanece en Kohila como registro de ese encuentro. Para quienes participamos, la experiencia dejó aprendizajes técnicos y una manera de construir acuerdos a través del trabajo. Quedó abierto el deseo de volver a reunirnos alrededor del fuego y continuar ese diálogo.































