Es interesante, -y muy gratificante- que se vuelva a abrir el debate sobre un puñado de ideas que escribí en un pequeño artículo, publicado en “Revista Cerámica” edición papel, hace ya veintidós años. Que siga generando movimiento en este nuevo mundo, es realmente hermoso.
(Prefiero pensar en nuevos mundos y no en nuevos tiempos. El tiempo es sencillamente inexplicable y no hay nuevo ni viejo.
En cambio, los mundos que vamos inventando para habitar esto que llamamos realidad, esos sí son divertidos para pensarlos, pues son nuestra exclusiva responsabilidad.
Un mundo que pareciese otorgar autoridad a quien tenga ganas para hablar de cualquier tema, y en función de ello, lo insostenido se va volviendo en apariencia sólido, y lo banal una suerte de experiencia metafísica.
Uno dominado por la ignorancia y la arrogancia, donde creemos entender filosofía, medicina natural, ecología, cerámica y física cuántica siguiendo tres cuentas en redes sociales o tomando un par de cursos aislados.
Uno donde lo que leemos y vemos ya no da ninguna certeza de que alguien lo pensó, dedicó tiempo y amor a pulir una idea; y que en muchos casos termina siendo una simple falacia.
Un mundo que habilita la posibilidad de copiar y pegar esas frases reveladoras nombrando y citando sin entender mucho pero que un corrector ajusta para que palabras desprovistas de alma llenen nuestro vacío.
Un nuevo mundo que nos miente constantemente: sistemas educativos que mienten, gobernantes que mienten, imágenes idealizadas, falsificadas; falsas informaciones hechas a medida para nuestro gusto. (Al hablar de falsas informaciones, no puedo dejar de recomendar la lectura del libro “falsa información” de Julio Gómez, el cual debería ser de lectura obligada para quien le interese la cerámica). Un mundo donde cada vez se hace más difícil discernir entre lo autentico y lo falso.
Un mundo muy aburrido donde de forma subliminal, casi todo está encasillado: lo que es correcto decir, y lo que es correcto escuchar. Ante que debemos escandalizarnos y ante que suspirar.
¿No es acaso eso mismo la muerte del arte? ¿La de poder cultivar la semilla de una nueva idea?
Uno que se esfuerza en hacernos creer que si lo deseo lo obtengo inmediatamente.
Un mundo “tan sólido y fuerte”, que con solo cortar la energía eléctrica, desaparecería para siempre, por completo.)
Volviendo a la cerámica y al principio, es hermoso para mí saber que una idea que logró llevar al debate esquemas y estereotipos hace dos décadas atrás entre colegas, hoy siga tan viva y ágil para volver a abrir el debate.
Este texto no es una respuesta a nada ni a nadie; tampoco la continuación de aquel escrito ya veinteañero. Es solo quizás, otro puñado de ideas animadas a ver la luz.
En este contexto algo se mantiene similar para mí: “El lenguaje cerámico sigue sin existir”. En más de dos décadas, donde jamás dejé de pensar y trabajar la cerámica desde mi propia experiencia, hoy puedo agregar que “tampoco el objeto cerámico existe per se”. Por ende, mucho menos “los ceramistas”.
Sin llegar al extremo solipsista de enunciar que solo existe la mente y sus producciones, si entiendo que el ser humano es preso de su subjetiva percepción del mundo.
Pero vamos a convenir por ahora (siendo muy descuidados y superficiales y sin realizarnos la pregunta ¿qué es lo real y qué la existencia?) que los objetos sí existen y las personas también.
Los objetos en sí mismos existen en función de nuestra percepción de ellos, y los rasgos culturales que le otorgan un significante determinado. Como ejemplo “un vaso”, donde su forma, su tamaño y su posible uso lo vuelven “vaso” (el significante) y su significado varía si es de cristal, de cerámica o de oro, incluso características formales dándole carácter de estatus social o ritual. En resumen, vasos son todos pues su significante sigue intacto. Cambia su significado en función de pautas culturales. Ejemplo: ¿porque un Cáliz no es un vaso?
En el campo del arte, Marcel Duchamp hizo uso disruptivo de este esquema semiótico básico en su icónica obra “Fuente” allá por 1917.
Entender cómo la resignificación de un objeto (cambio de contexto y posición) le modificó completamente su significado sin ser otro objeto (significante) es muy llamativo, pero a diferencia del ejemplo del vaso ese urinario no tenía capacidad simbólica de tener varios significados. Entonces al romperse el lazo entre significado y significante, lo que se rompió inexorablemente fue el Signo y por supuesto el Símbolo.
Algo que molestó muchísimo a la percepción de los jurados “calificados” y espectadores acostumbrados a la cómoda coherencia entre objeto, uso, significado y significante. ¿Por qué un urinario industrial en una mesita es ahora una obra de arte?
¡Además de ser un objeto que ningún artista realizó! (desde la perspectiva tradicional del manejo de oficio y todo el romanticismo que ello conlleva) pues era un objeto industrial y anónimo en lo que a su manufactura respecta, y además montado de una forma “incorrecta”, y expuesto en un salón de “arte” y con un título desconcertante: “Fuente”.
Claramente fue importante el revuelo. Nadie sabía que estaba presenciando el nacimiento del arte conceptual, y que además, (¡exciten su alegría autoproclamados ceramistas!) era una obra realizada en cerámica. Que belleza el siglo XX con su desparpajo disruptivo, políticamente incorrecto y que no estaba diseñado para complacer al ojo e ideología del espectador, y mucho menos de un marchand o de un -aún inexistente- curador. Cómo nos enojamos las personas cuando nos sacan de nuestra zona de confort.
Con las personas la cosa es muchísimo más compleja que con un urinario o un vaso (y no soy autoridad en absoluto para hablar de ello) pero voy a tratar de dar mi simple punto de vista. Lo que nos distingue básicamente de los demás seres vivos conocidos es la capacidad del pensamiento abstracto y la construcción de un lenguaje comunicacional extremadamente complejo (como pudimos comprobar en el caso de “Fuente”).
Ese pensamiento abstracto y los sistemas de comunicación complejos, junto a la conciencia del tiempo, de la vida y la muerte nos hacen tener una percepción muy particular de lo que nombramos “realidad”.
Para ilustrar esta idea, solo basta recordar “el sueño de Chuang Tzu” que dice así:
“Chuang Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa, o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre” (traducción Herbert A. Giles 1889).
Siempre hay más preguntas que respuestas y a la hora de poner a prueba un concepto nos damos cuenta que la mayor parte de las veces, este cede a la mínima embestida. Lo que llamamos realidad es un castillo de naipes.
No nos vamos a poner muy Cartesianos ahora, aunque el “Pienso, luego existo” es algo inexorable de nuestra propia esencia. Por ende de lo único que no se puede dudar es de nuestra capacidad de dudar, y si puedo dudar es que mi pensamiento existe, y por ende yo también existo. ¿Qué diría René si le preguntáramos sobre la significancia (¿o insignificancia?) de “ser un ceramista”?
Hasta ahora de algo estoy casi seguro, las cosas no son tan estrictamente “las cosas” ni lo que percibimos es por regla general algo tan rígido. Basta con cambiar el angulo desde donde estamos parados y todo cambia. Cómo nos comunicamos también está sujeto a un sin fin de condicionantes. Cada día más, desconfío de lo aparentemente seguro.
Es en este punto, cuando me resulta muy presumido hablar del lenguaje cerámico, de los objetos cerámicos y de los ceramistas. Sí, por supuesto podemos hacer definiciones obvias, pero por obvio es, obviamente aburrido.
Quizás a más de uno le surja la pregunta de si este pequeño escrito no comienza a ser un poco contradictorio, ¡quizás sí!. Pero también es la contradicción natural humana la que nos mueve a pensarnos. Entonces abro una caja de Pandora repleta de signos de interrogación para que tengan a bien de usar en todas en mis palabras, eso me daría esperanza que aún la gente se puede seguir preguntando cosas y no afirmando o negando a mansalva. Ergo: la pregunta mueve, la respuesta aquieta.
Entonces resumiré todo lo que escribí en una sola pregunta que puede tener similitud con un kōan del Budismo Zen, pero que no intenta serlo en absoluto:
Si lográsemos llevar un cuenco de cerámica a la isla donde habitan los Sentineleses, y se lo entregásemos. ¿Ese objeto para ellos, sería un cuenco de cerámica?
Me reservo de hacer una comparativa con los ceramistas, porque las susceptibilidades suelen ser muy elevadas. Pero cada uno puede hacer su pregunta en silencio, si tiene ganas. Incluso sacar sus conclusiones y animarse a escribir, y ampliar el debate.
Y quiero terminar con una pequeña experiencia personal que tiene algún punto de conexión conceptual a la imaginaria acción con los Sentineleses y con el Mingitorio de Marcel.
“Al finalizar un año de cursada donde dictaba un taller de modelado con un marcado eje experimental y exploratorio, en un marco de preguntas constantes (hoy estaría de moda decir interpelación, pero “pregunta” me resulta más linda, sencilla y poderosa).
Nos divertíamos muchísimo explorando y no buscando respuestas y verdades, es decir jugábamos al aprendizaje y no a la enseñanza.
Resultado: a fin de año los trabajos eran todos arriesgados, donde las técnicas tradicionales no aparecían o habían sido resignificadas en función de necesidades conceptuales, algo que hace más de veinte años no era muy común ver en un ámbito de la cerámica académica. Era bastante disruptivo.
Cuando ya finalizaba la muestra de trabajos de los estudiantes, se me acercó el rector de ese Instituto de Cerámica y me dijo (palabra más, palabra menos) apoyando su mano en mi hombro: “Pablo, si no conociera tu oficio, si no supiera de tu trabajo y que sos un buen ceramista; si viera esto y no supiera que vos sos el profesor, diría que todo esto No Es Cerámica. ¿Pero algo serio debe haber no?”
En su momento no comprendí el alcance de esa sentencia con pregunta final y preferí sonreír y guardar silencio, pero me parece digna de ser pensada con detenimiento:
¿Eran o no eran cerámicas la producción de los estudiantes? ¿Si lo eran, era porque el docente entraba como ceramista para el canon académico y avalaba su trabajo y así legitimaba el de de los estudiantes? ¿Qué miedos tuvo ese rector al ver obras alejadas del convencionalismo, nacidas en un espacio de trabajo no ortodoxo guiado por alguien que él consideraba “buen ceramista”? ¿Esos objetos se completaban desde una validación y legitimación por estar dentro de una escuela de educación formal?… que hermoso es el mundo de las preguntas… ¿Qué pensaría un sentineles que, al fin y al cabo, es un ser humano como nosotros?
De lo único que sigo estando seguro -como que la realidad no es solo una-, es que “Sí, aquel fue y es un trabajo muy serio”
Si contemplo una cerámica, despojado de los preceptos heredados de una academia arcaica y sin romanticismos egolatras. Si la veo sin pretensiones antropocéntricas, y contemplo a la vez la profundidad de un árbol, el rumor de un rio. ¿Como debería construir esa cerámica? ¿Será quizás que la única forma de hacer cerámica es, justamente dejando de hacer “cerámica” como la conocemos?
Si tomo un cuenco de Hamada en mis manos, y digo, lo construyo un alumno, muchos profesores dirán… ¡Tiene que aprender a centrar! ¿Que hace que un cuenco de Hamada sea lo que es por sobre otro cuenco que no es de Hamada?
Mis preguntas ya están formuladas.
Voy a decir que ceramista, es un verbo y no un sustantivo. Algo parecido dijo una vez Yoko Ono.
(Aclaratoria: Trabajé un largo tiempo como es mi costumbre en escribir y leer, y reescribir y releer esta nota muchas veces como siempre lo hago. Solo faltó algo muy importante, y no es menor. Las dos o tres reuniones con un café en “las oficinas” de mi querido Julio Gomez donde me daba su mirada sobre lo que escribía, compartíamos ideas, nos reíamos mucho. Esas devoluciones filosas que tanto me enseñaron. Eso era del viejo mundo, -hoy muchos lo suplen con IA- No saben lo que se pierden! Gracias)

