En el marco de la muestra del Taller ORÍGENES, realizada el 5 y 6 de diciembre de 2025 en el Espacio Hornos sin Fronteras, conversamos con la artista y docente Silvia Carbone.
RC: ¿Cómo nació esta muestra y cuál es tu historia desde el taller?
SC: Hace 38 años que tengo el taller, y cada dos años hacemos una muestra. Por lo general, en Merlo —en la Casa de la Cultura— o en el Parque Cultural de Padua. Y hacerlo acá es distinto: cada persona tiene su iluminación, su espacio, y el trabajo respira de otra manera. Los espacios institucionales son hermosos, pero este lugar prestigia la obra de un modo especial.
Yo nunca trabajé mucho a nivel institucional; porque no me gustó ese formato. Por eso armé un espacio propio, ligado a la expresión de lo que cada uno siente, porque me interesa lo creativo. Cada año cuando arrancan las clases, comienzo hablando de la creatividad, incluso con gente que viene hace muchísimo, siempre les pido que traigan sus propios proyectos; la idea es estimular permanentemente.
RC: ¿y cómo comenzó todo en tu formación?
SC: Cuando era chica iba a un taller hacer dibujo, a los 17 o 18 años descubrí la cerámica gracias a un profesor de la secundaria, Norberto Marenco, que tenía un taller de arte. Lo que más me gustaba era la libertad: cada uno podía hacer lo que quería, con una enorme apertura para crear.
Después estudié en la Escuela Nacional de Cerámica, siempre con esa idea en mente: tener un taller propio y generar un espacio donde la gente pudiera ser libre y crear. De ahí nace esta búsqueda ligada a la creación, sin ataduras. Siempre está mi guía: acompaño a cada estudiante a llevar adelante sus ideas, y así surgen piezas maravillosas.
En la muestra vas a ver una variedad enorme de técnicas, estilos, tratamientos de superficies y acabados. Ver lo que crean los alumnos nos retroalimenta: es un ida y vuelta permanente, un desafío mutuo para sacar lo mejor de cada uno. A veces llega gente buscando hacer solo piezas funcionales o utilitarias, y termina descubriendo nuevas posibilidades. Se entusiasman y se suman, y de ahí salen trabajos increíbles.
RC: ¿Es necesario tener un nivel básico previo para sumarse al taller?
SC: No, pueden venir sin ningún conocimiento previo; con o sin experiencia.
RC: ¿Cuál es el rango de edades promedio de quienes asisten al taller?
SC: En general vienen desde los veinte en adelante. Ahora Paloma, mi hija, también está enseñando en el taller, a los más jóvenes. Ella estudió en la UNA, su especialidad es dibujo, pero hizo cerámica conmigo toda la vida; así que también empezó a dar clases.
RC: ¿Realizás algún tipo de entrevista previa a quienes se acercan a tomar clases?
SC: Últimamente estoy empezando a hacerlo, porque estoy reduciendo algunos horarios, trato de tomar gente que tenga ganas de trabajar de forma más expresiva y creativa. Desde el principio marqué este perfil de taller: un espacio orientado a la creación y a la experimentación con distintas técnicas. Horneamos en pozo, en horno a leña… suelo proponer talleres extras —por ejemplo, de raku, de ahumado, o de gres— y se suma quien quiere. Eso les permite ver otras posibilidades para sus propios trabajos.
RC: ¿Cuánto tiempo suelen permanecer los alumnos en el taller?
SC: Tengo alumnos que llevan 10, 15 y hasta 20 años en el taller. Con algunos ya tenemos una amistad entrañable. Y creo que esto sucede porque el taller se vive de un modo muy particular: no es sólo venir una vez por semana, dos horas a trabajar. Pasan muchas otras cosas alrededor de la práctica artística. En los grupos que vienen desde hace muchos años se generaron vínculos muy fuertes, de amistad y de compañerismo, que hacen que nadie quiera irse. Se visitan, se ven fuera del taller, comparten. Hay una sociabilidad que se construye alrededor del arte.
Por ejemplo, “Barro de la Patria Grande” se gesta acá, con alumnos que quieren participar y colegas que se suman. Todo eso ocurre por fuera del horario del taller: nos guardamos un sábado, trabajamos juntos, preparamos lo que haga falta. Es un proyecto solidario y ad honorem, así que se suma quien quiere. Y en ese proceso, los vínculos se afianzan cada vez más.
También me interesa que se apropien del taller. Muchas personas no tienen espacio o recursos para montar uno en sus casas -porque se necesitan tornos, hornos y otras herramientas, entonces en esas dos horas semanales trabajan como en su propio taller con mi acompañamiento.
RC: Cuando decís que cada uno desarrolla su propio trabajo ¿Por ejemplo, si alguien quiere hacer una obra por encargo, puede trabajarla acá?
SC: Sí, también pueden trabajar obras por encargo. La idea es que se apropien del espacio y tomen del taller lo que necesiten.
RC: la cerámica siempre convoca, no?
SC: Totalmente! Es un intercambio contínuo, lleno de matices…y así surgen muchas otras cosas. Yo lo disfruto muchísimo. La vida no es fácil, el mundo es muy hostil, y para poder habitarlo necesitamos recrear espacios, este taller es uno de esos espacios. Por eso me la paso inventando propuestas y generando proyectos: los necesito tanto como los alumnos, y compartimos todo de forma colectiva.
Por ejemplo, un día le propuse a Emilio Villafañe hacer una exposición de talleres. Veníamos pensando con mis alumnos en exponer en Capital para salir un poco del circuito habitual y mostrar en otros espacios. De esa conversación surgió este ciclo de cuatro fines de semana para cuatro talleres, y está resultando fabuloso, gracias a Emilio, siempre abierto a promover el arte cerámico.
RC: ¿Cuántos alumnos forman parte actualmente del taller?
SC: En este momento somos 50, llegué a tener más. Tengo cinco turnos de diez personas cada uno.
RC: ¿Y este año inauguraste tu taller personal?
SC: El 8 de noviembre inauguré mi taller personal. Toda la vida trabajé en un espacio, que fue cambiando, pero donde siempre di clases y ahí mismo hacia mis obras. Mi modo de sostenerme fue —y sigue siendo— la docencia. No vivo de la venta de obras; me encantaría en algún momento, pero por ahora no encuentro la manera. Entonces, el taller es mi medio de vida y es el espacio que comparto con los alumnos.
Este año comencé a cobrar el premio del Salón Nacional que había ganado en 2011 —te lo entregan al jubilarte— y usé el retroactivo para construir mi propio taller, era una asignatura pendiente, ya es un sueño cumplido, en este espacio personal, exclusivo para trabajar tranquila, podré volver a reconectarme con mi obra para darle continuidad. Será mi refugio, muy necesario para estos tiempos difíciles que estamos atravesando. Con la edad la energía va cambiando y es cada vez más difícil sostener el ritmo sin lugar propio.
Hicimos un hermoso festejo. Inauguré con una muestra e invité a colegas y amigos. Me regalé ese festejo para mi cumpleaños. Además, construí un entrepiso para que mi hijo Fermín tenga su estudio de música y Paloma su espacio de dibujo.
Mi taller está arriba del que uso con los alumnos, y la escalera —hecha con mosaiquismo por Juana Torrallardona, una amiga muy querida— es un sueño y un acto de amor. Me siento agradecida: puedo trabajar de lo que amo y transmitir esa pasión a otros, eso es maravilloso.
RC: En general, ¿los alumnos se acercan a la cerámica como un hobby, por placer, por curiosidad artística…?
SC: En general son profesionales: médicos, psicólogos, abogados, sobre todo muchos docentes que vienen a tomar clases dos horas de su semana porque lo necesitan como medio de expresión o para desconectarse, y cuando descubren la cerámica, no la dejan más. Por ejemplo, una alumna es psiquiatra, pasa sus días atendiendo pacientes, trabajando en el consultorio. Y siempre dice que la cerámica, para ella es vital. Hace 10 años que viene al taller.
Y con lo que hacemos con el Barro de la Patria Grande —viajes, trabajo en barrios, experiencias colectivas— se potencia, porque muchos alumnos se suman.
Yo planteo que lo que nos convoca es la cerámica, pero desde una mirada que tiene que ver con el ejercicio de la solidaridad, con “militar la sensibilidad”: desde el taller me propongo que “pensemos en los otros”.
Más allá de ser mi medio de vida, enseño porque me da una satisfacción enorme ver todo lo que se puede generar: no solo obras creativas y artísticas, sino un espacio de cultura y de encuentro. Lo que sucede cuando viajamos al norte o a Bolivia “es transformador”.
Tiene que ver, sobre todo, con el vínculo que se genera con la comunidad a la que vamos.
Nosotros estuvimos hace poco en el norte. Fuimos a Villazón, Bolivia, donde se realizó el cuarto encuentro –similar al de Merlo–, y también debíamos llegar hasta Casira Grande, un pueblo cercano donde el lazo es aún más fuerte. Les habíamos prometido que íbamos a volver. Cuando llegamos, la manera en que nos recibieron fue impresionante.
RC: Debe ser muy fuerte, tanto para quienes los reciben como para ustedes…
SC: Es tremendo. Yo siempre digo que es un combustible para el alma, algo que nos permite seguir adelante en esta vida en la que la realidad a veces nos sobrepasa, donde todo puede ser tan duro, de esta manera la transformamos.
Estos encuentros son un descanso, un mimo al alma, algo que nos fortalece. Y todo esto la gente lo va vivenciando, y así nos vamos transformando.
RC: ¿Podríamos decir que el arte cumple una función terapéutica?
SC: El arte cura en todo sentido, es un alimento para el espíritu. Y hablo de arte en cualquier disciplina, lo que sea. Eso me parece valiosísimo.
A los encuentros mucha gente va porque son en lugares lejanos y hermosos, y eso suma.
Pero a mí me interesa mucho lo que sucede en los barrios. Siempre digo que tenemos, a la vuelta de la esquina, gente que también necesita tener la posibilidad de conectarse con lo artístico, para poder expresarse y embellecer sus espacios, tener acceso a este universo, y aprender de este oficio.
Por ejemplo, un amigo está trabajando en un tallercito en un barrio: desde el proyecto les donamos un horno eléctrico, materiales, arcilla, pinceles, esmaltes, moldes, … todo para que comiencen a trabajar, y eso es una herramienta muy importante como salida laboral aparte de lo expresivo. Como lo que hace Emilio construyendo hornos. Son distintas formas, pero la idea es la misma: “ofrecer la herramienta”.
RC: Me parece increíble la variedad, el nivel de obra, todo lo que sucede en tu taller.
SC: Hay mucha gente que en general en los talleres apunta más a lo técnico: que preparen la arcilla, que apliquen un esmalte ya formulado… En cambio, en el taller abordamos de una forma diferente el proceso. Primero aparece lo expresivo, lo que va surgiendo, y después se aplica la parte técnica que corresponde.
Cada persona trabaja con su estilo, y eso me encanta. La cerámica ofrece tantas posibilidades… Es un campo tan amplio, con tanta diversidad de técnicas. Está bueno partir de las ideas que traen y, desde ahí, orientarlas.
Desde Revista Cerámica agradecemos a Silvia Carbone por su tiempo, su calidez y por compartir con generosidad su experiencia durante la muestra de su taller. Fue un placer visitar esta exposición y conocer más de cerca su mirada, su recorrido y la fuerza colectiva que impulsa su trabajo. Nos llevamos inspiración, nuevas preguntas y un enorme respeto por su trabajo.
TRABAJO EN EL TALLER


















































































