Desde muy chica, Mayra Heras Levy supo que la cerámica iba a ser parte central de su vida. Hoy, con 37 años, es docente, artista y gestora de proyectos que cruzan el hacer cerámico con lo social, lo comunitario y lo territorial. Desde hace cuatro años trabaja dando clases de cerámica en contexto de encierro en el CUSAM (Centro Universitario San Martín – UNSAM), y actualmente impulsa “Banquete – Cerámica que transforma”, un proyecto que enseña el oficio de la producción cerámica y construye lazos con la comunidad.
RC: ¿Cómo llega la cerámica a tu vida?
M:La cerámica está en mi vida desde siempre. De chica ya iba a talleres y después estudié en la Escuela de Bulnes. Actualmente estoy terminando la Licenciatura en Artes del Fuego en la UNA, me queda solo la tesis, que tiene mucho que ver con todo esto que vengo trabajando.
Siempre me interesó la cerámica desde el lugar de lo útil. También pinté muchos años, pero lo que me atrapó de la cerámica fue esa posibilidad de usar los objetos que están en la vida cotidiana. Con el tiempo, esa idea de lo “útil” empezó a ampliarse: no solo útil como objeto, sino útil para el otro, con una dimensión social. Mi tesis desarrolla ese concepto.
RC: ¿Y cómo aparece el trabajo en contexto de encierro?
M: En la universidad, después de una exposición en una materia donde conté de dónde venía mi trabajo, una compañera me dijo que ella trabajaba en la cárcel y me invitó a conocer el espacio. Así llegué al CUSAM, que es un centro universitario dentro de un complejo penitenciario, gestionado por la UNSAM.
Ahí se dictan carreras universitarias —Sociología y Trabajo Social— y también talleres, entre ellos cerámica, con un horno muy grande. Cuando entré, vi muchísimo potencial. Son personas que necesitan aprender un oficio, pero también ocupar el tiempo, y el trabajo con las manos aparece como una forma muy fuerte de salud mental. Muchos de ellos, hoy me dicen: “Ahora sé lo que quiero hacer cuando salga”.
RC: ¿Cómo fue el desarrollo del proyecto dentro del CUSAM?
M: Los primeros años trabajamos mucho la idea de identidad: cómo producir piezas con identidad propia. Así nació una línea de utilitarios con frases del lenguaje carcelario, expresiones muy propias de ese contexto. Fue una experiencia muy potente.
El CUSAM es un espacio mixto: participan hombres y mujeres, aunque esto no fue siempre así. Las mujeres se incorporaron recién hace cuatro o cinco años, mientras que el centro tiene alrededor de quince años de existencia. Eso, por sí solo, ya marca una complejidad importante.
Pero la mixtura del CUSAM no es solo de género. Al ser un espacio universitario, la policía no ingresa al aula, en el marco de lo que se conoce como la “ley de los bastones largos”. Entonces no es un espacio tan vigilado como el resto del penal, y eso cambia completamente el clima. Además, los agentes penitenciarios pueden estudiar allí, de modo que en el aula un policía puede estar sentado al lado de una persona privada de su libertad, y en ese momento son compañeros. Hay algo que se horizontaliza: dentro del aula se suspenden, al menos parcialmente, las jerarquías propias del sistema penitenciario.
RC: ¿Cómo fue tu recorrido dentro de ese espacio?
M: Los primeros dos años trabajé en el CUSAM compartiendo un contrato con la compañera que me había convocado. Al tercer año me ofrecen un contrato propio, pero en lugar de seguir trabajando exclusivamente dentro del CUSAM, decido pasar a otros espacios del penal, que son los llamados regímenes abiertos.
RC: ¿ y cuál serìa la diferencia?
M: Los regímenes abiertos funcionan también dentro del penal, pero son unas casitas donde hay más flexibilidad, sobre todo en relación con las visitas. En general, allí están las personas que tienen condenas más cortas o que ya están próximas a recuperar la libertad. En el CUSAM, en cambio, predominan las condenas largas, porque para poder terminar una carrera universitaria se requiere estar varios años.
Eso hace que la lógica y la ética de trabajo sean muy distintas. En el régimen abierto el horizonte es más corto: “de acá a unos meses” o “de acá a un año”. El año pasado trabajé todo el año en uno de esos regímenes, bastante sola, resolviendo como podía las cuestiones prácticas del taller.
RC: ¿Con qué dificultades te encontraste en ese contexto?
M: Principalmente con la infraestructura. En el régimen abierto no hay horno, así que tenía que trasladar las piezas al CUSAM o llevarlas a mi propio taller. Quienes trabajamos con cerámica sabemos lo que implica no contar con un horno propio: condiciona los tiempos, la producción y la continuidad del trabajo.
RC: ¿Y cómo se reorganiza el proyecto este año?
M: Este año me convoca Jonathan, que fue uno de mis primeros alumnos, a trabajar con él en el Régimen Abierto de la Unidad 48.
Jonathan estudia todo el tiempo en el espacio universitario, así que también me ayudó mucho con el traslado de las piezas.
En ese contexto, y teniendo en cuenta el recorte a la financiación pública, empezamos a pensar en buscar apoyo externo. Decidimos aplicar al programa Futura, del CCEBA y Fundación Williams, que está orientado a proyectos de arte en territorio. Ya otros talleres del CUSAM, como el de grabado, habían sido seleccionados antes, así que nos animamos. Aplicamos y ganamos.
RC: ¿Qué permitió concretamente ese financiamiento?
M: Principalmente la compra de materiales, una pequeña ayuda económica para poder sostener el trabajo extra que estoy haciendo y, sobre todo, la posibilidad de llevar adelante un proyecto que no se limita sólo a la producción. La mayor parte de las piezas que estamos realizando están pensadas para ser donadas.
RC: ¿En qué consiste “Banquete – Cerámica que transforma”?
M: Es un proyecto de enseñanza del oficio de la cerámica utilitaria, pero también de trabajo comunitario. Gran parte de la producción tiene como destino la donación. Muchas de las personas que pasaron por el CUSAM, una vez que recuperaron la libertad, crearon bibliotecas populares, merenderos y espacios comunitarios en sus barrios.
Las piezas que realizamos acompañan esos procesos y llegan a esos espacios.
La idea inicial era hacer los murales junto con las personas privadas de la libertad, pero el proyecto creció y el trabajo dentro del penal fue muy intenso. Por eso decidí ampliar la articulación hacia afuera: trabajar con un grupo de personas de una biblioteca popular, con un merendero y con niños y niñas que asisten a esos espacios. Además, se sumaron estudiantes de la escuela secundaria de la UNSAM, que participaron en la realización de un mural colectivo. La mayoría de las personas que participan del taller tiene entre 25 y 35 años, aunque el rango etario es más amplio.
RC: ¿En qué etapa se encuentra hoy el proyecto?
M: El proyecto está en pleno desarrollo y todavía queda mucho por hacer. En diciembre, hicimos una donación en la Biblioteca Popular, y la idea es continuar. Después de donar, realizamos un pequeño excedente de piezas que se van a vender, no con fines comerciales, sino para poder seguir comprando materiales y no cortar la producción.
Es un proyecto grande, que fue creciendo mientras lo hacíamos. Recién ahora, al verlo en perspectiva, tomo dimensión de todo lo que implica. (*)
RC: ¿Qué observás en las personas que participan de los talleres?
M: Siempre aparece lo mismo: me dicen que cuando están trabajando con cerámica “se olvidan de que están encerrados”. Que “la cabeza se les va a otro lado”, que “se desconectan de los problemas”. Muchos lo llaman directamente “terapia”. El taller se convierte en un espacio de alivio, pero también de proyección.
La mayoría empieza a preguntar cómo seguir cuando salen, cómo armar un pequeño taller, cómo conseguir materiales. Aprender un oficio abre una posibilidad concreta. Todavía no tengo una experiencia larga como para decir “tal persona salió y hoy vive de la cerámica”, porque llevo cuatro años y muchos de los que más formé aún están privados de la libertad. Pero sí veo semillas muy fuertes.
RC: Además del trabajo en contexto de encierro, tenés tu propio taller. ¿Dónde trabajás y cómo es tu producción personal?
M: Mi taller está en Colegiales. Trabajo hace muchos años ahí y mi fuerte siempre fueron las piezas utilitarias con mucho detalle. Me especialicé bastante en miniaturas: tengo series de casitas personalizadas, donde la gente me manda la foto de su casa y yo la reproduzco en cerámica, y también trabajé con objetos inspirados en juguetes, como las polly pockets. La miniatura es algo que me identifica mucho.
Al mismo tiempo, empecé trabajando en cerámica para otras marcas, haciendo producciones grandes, con muchas piezas iguales. Entonces siempre estuve un poco en esos dos extremos: la producción grande, casi industrial, y la miniatura muy detallada. Me siento cómoda en ambos lugares.
RC: Cuando hablás de producción grande, ¿a qué escala te referís?
M: Por ejemplo, en el trabajo con el penal llegamos a producir unas 300 piezas, en dos tandas. Pero antes de eso trabajé para marcas que requerían producciones sostenidas en el tiempo, con mucha cantidad de piezas. Eso te da otra cabeza: pensar procesos, tiempos, organización. Me interesa mucho esa parte del oficio.
RC: Siempre repito la pregunta sobre si se puede vivir de la cerámica. ¿Cómo fue tu experiencia?
M: sí, hace más de diez años que vivo exclusivamente de la cerámica. Pero no fue algo inmediato ni mágico, fue un proceso trabajado.
Yo también pintaba, y con la pintura me resultaba muy difícil pensar en una sostenibilidad económica. Con la cerámica, en cambio, cuando empecé a desarrollar una producción propia, las piezas gustaron y empecé a ver que había una posibilidad real. Para mí ya era un montón pensar que podía pagar el alquiler con lo que hacía. Incluso cuando trabajaba para otras marcas, prefería estar haciendo cerámica antes que dedicarme a otra cosa.
Hoy el mayor sostén económico son las clases. Siempre di clases: a primeras infancias, adolescentes, adultos, en instituciones, en mi taller, en contextos muy diversos. Durante mucho tiempo también hice mucho trabajo por encargo, “te hago la pieza que quieras”. Hoy eso ya no tanto, pero fue parte del camino.
RC: ¿con qué pastas y temperaturas trabajás?
M: Trabajo en baja desde hace años. Hice experiencias en alta, pero hay algo estético que es muy propio de mi búsqueda: me gusta lo pop, los colores vivos y radiantes. Con la alta sentía que la paleta se me acotaba demasiado y que no podía jugar con el color como a mí me interesa.
En la baja encontré mi lugar: trabajo a 1080°, me siento cómoda ahí y me encanta. Además, es más accesible, especialmente para trabajar en contextos como la cárcel. Permite hacer horneadas alternativas, pequeñas, y sostener la producción sin depender de grandes infraestructuras. Eso, en estos proyectos, es clave.
RC: ¿Qué técnicas te interesan particularmente?
M: La producción siempre me interesó mucho, y en ese sentido la moldería fue una gran aliada. Me permitió hacer piezas de manera más ágil y, al mismo tiempo, probar técnicas: escritura, cuerda seca, distintos tipos de decoración, sin tener que construir cada pieza desde cero. Eso también me dio mucha libertad para experimentar.
RC: ¿Cuáles fueron tus referentes en la cerámica y en la docencia?
M: Mis referentes más cercanos son de acá. Graciela Óleo fue y sigue siendo una referencia muy importante para mí, tanto como docente como artista. También Luis Pardini, que fue un gran docente y a quien admiré mucho, y Maxi Abbiati, referente clave en mi recorrido.
Al mismo tiempo, soy muy consumidora de producciones de afuera. A través de las redes sigo mucho trabajo internacional, que me permite ver qué se está haciendo en otros contextos, nutrirme de otras miradas y mantener un diálogo constante con prácticas contemporáneas de la cerámica.
RC: ¿Cómo imaginás el futuro del proyecto y de tu trabajo?
M: Por un lado, mi prioridad es terminar la tesis. Por otro lado, en lo laboral, el año que viene me gustaría poner mucha energía en hacer crecer mi espacio: que no sea solo un taller, sino también un lugar de encuentro y de conversación en torno a la cerámica, con exposiciones y seminarios de otras técnicas.
Además, a partir de la experiencia de este proyecto en el penal, me interesa especialmente pensar espacios que puedan acompañar a quienes salen y desean continuar trabajando con cerámica. Algunas bibliotecas populares, por ejemplo, ya cuentan con hornos. Poder articular esos recursos sería un paso enorme.
Mi idea a largo plazo es fortalecer esa red: que, al recuperar la libertad, tengan un lugar donde hornear, producir o incluso vender su trabajo. Mantener ese puente —ser un espacio donde puedan seguir desarrollándose— es para mí una línea de continuidad fundamental.
Creo que, con todo eso, el año que viene ya sería un año muy completo.
En el trabajo de Mayra, la cerámica no sólo construye piezas: construye vínculos, oficios y posibilidades. Y en ese gesto paciente —amasar, esperar, hornear— vuelve a recordarnos que la transformación, como la cerámica, siempre necesita tiempo.
Desde Revista Cerámica, agradecemos a Mayra la generosidad y la apertura para compartir su recorrido, su trabajo y su experiencia, y por permitirnos acercarnos a una práctica donde el oficio se pone al servicio del encuentro y la construcción colectiva.
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(*)BANQUETE es un proyecto de cerámica, arte y comunidad desarrollado por Mayra Heras Levy y Jonathan Sánchez (PPL), que articula producción cerámica, reflexión colectiva y acciones performáticas en contextos de encierro y reinserción social. Seleccionado en el programa FUTURA 5 (CCEBA y Fundación Williams), el proyecto produjo una línea de vajilla cerámica utilitaria intervenida con imágenes de la flora y fauna del arroyo Reconquista.
Las piezas fueron realizadas por personas privadas de su libertad en el Régimen Abierto de la Unidad 48 y donadas a espacios comunitarios creados por personas liberadas. La entrega se llevó a cabo mediante encuentros llamados Banquetes, donde se compartió una comida colectiva y se generaron conversaciones en torno al amor, los vínculos, el cuidado y el oficio.
Eventos realizados:
1er Banquete: Régimen Abierto Unidad 47
Junto a las personas privadas de su libertad y los profesores que concurren al régimen, dialogamos sobre el amor, pero sobre todo sobre el amor al oficio y las oportunidades que genera amar el hacer cerámico. Relacionamos el hacer cerámica con el modelarnos a nosotrxs mismxs.
2do Banquete: Jardín de la Montaña (Villa Sarmiento)
Espacio nacido de la experiencia universitaria en la cárcel. Hablamos con las infancias, docentes y padres sobre el amor a los niños, la protección de quienes más lo necesitan, y de allí nació la pregunta: ¿quién nos enseña a amar?
3er Banquete: El Tercer Banquete se realizó en la biblioteca de @cusam.unsam @gelman_cusam, donde se habló del amor de todas las personas que rodean esta gran comunidad que es la Universidad Pública en contexto de encierro.





















