Teresita Capurro: Desde el suelo chaqueño

La historia de Tere es la de una vida atravesada por la arcilla. Nacida en Chaco, e hija de un ingeniero agrónomo especialista en suelos, creció aprendiendo a mirar la tierra. Arquitecta de formación y docente de alma y por herencia, encontró en la cerámica un lenguaje propio que la acompaña desde la infancia.

Orígenes y primeros encuentros con la cerámica
Tere es arquitecta y dedicó gran parte de su vida a la docencia, siguiendo una tradición familiar que marcó su vocación. A lo largo de su trayectoria ha sido convocada a diversos simposios, espacios que disfruta profundamente por el intercambio y la posibilidad de seguir aprendiendo.
Nacida en Resistencia, su infancia estuvo atravesada por los viajes. La profesión de su padre la llevó a recorrer distintos países desde muy pequeña. Así, durante su educación primaria, en Alemania, tuvo su primer contacto con la cerámica.
El sistema educativo alemán le permitió elegir actividades artísticas o deportivas. Tere no dudó: optó por las Artes y comenzó su formación en cerámica.
En Bonn, Tere entró por primera vez a un taller y conoció el torno. “No me voy a olvidar jamás lo que sentí: ese olor a barro húmedo, la luz que entraba”, recuerda. Tenía apenas once años cuando esa experiencia la marcó profundamente. Fue entonces cuando supo con claridad: “esto es lo que quiero hacer el resto de mi vida”.
Pero cuando volvió a Resistencia, no encontró dónde continuar sus estudios. Hasta el día de hoy, en la ciudad no hay una escuela de cerámica. Se siente privilegiada de haber dado clases en la Escuela Provincial de Bellas Artes.

Intercambio, decisiones y formación profesional
Más tarde, Tere realizó una beca de intercambio de American Field Service en Estados Unidos. “La beca era para una escuela secundaria, pero estuve en Nueva Jersey y nos llevaron un fin de semana a un college, Princeton University, donde Bruno Munari daba clases. Pude asistir a una de sus clases y me dí cuenta que eso era lo que yo quería, estudiar diseño industrial”.
Ese secundario fue para ella similar a una «Tecnicatura en Cerámica».
Cuando vuelve a Argentina en 1977, plena Dictadura militar argentina, los padres le propusieron empezar una carrera en Resistencia hasta que la situación política se tranquilizara. Así fue como comenzó a estudiar arquitectura. Se recibió de arquitecta “por accidente”. Sin embargo, sostiene que la arquitectura está profundamente vinculada con la cerámica: “tienen muchas cosas en común”, afirma, y reconoce que esa formación le ha servido enormemente en su práctica profesional.

La Escuela de Bellas Artes y el inicio de la enseñanza en cerámica
Siendo hija de un ingeniero y de una profesora de matemática, el arte no aparecía como una opción de carrera, pero igual ella seguía vinculada a la Escuela de Bellas Artes, de las maneras que podía.
Tere recuerda a la vicedirectora, Miriam Romagnoli, profesora de Historia del Arte en la universidad, creadora de muchísimas iniciativas en la ciudad, y quien fue la primera directora del Museo de Bellas Artes.
“Fue ella quien logró abrir ese espacio, como para empezar a armar un departamento de cerámica. En ese momento también trajo a un profesor de Oberá, Pedro Babenco, para que nos formara a nosotros y pudiéramos seguir.” 
Se comenzó y, como pasa con tantas cosas en este país, hubo cambios de política, cambios de gobierno, y el proyecto no prosperó. Pero quedaron creadas las horas de cerámica.
«Yo tuve la suerte de continuar trabajando, porque ya era docente en la Escuela de Bellas Artes, dando Matemática —geometría descriptiva— ,desde mi formación en arquitectura.» 

Docencia, sistema y formación de ceramistas
A partir de su rol como docente, Tere encontró una forma singular de vincular la enseñanza formal con la práctica cerámica. Aunque no existía un título específico en cerámica, ni la materia figuraba como asignatura en ninguno de los niveles los estudiantes que elegían el taller atravesaban “una formación sistemática”: tenían días destinados a tecnología y a diseño, sumados a la sólida base que brindaba la Escuela de Bellas Artes en dibujo, composición y otras materias.
Así surgieron experiencias como la realización de murales cerámicos para la comunidad. “Los alumnos planteaban un mural, veíamos conceptos de escala, etcétera”, relata, integrando contenidos formales con una práctica concreta. Esos trabajos luego se donaban a centros de salud de la periferia o al hospital pediátrico. En ese proceso, la cerámica dejaba de ser un contenido aislado para convertirse en una experiencia más amplia: “ahí la veían mucho más sistemáticamente, podíamos ver más aspectos”.

Experiencias en el exterior y práctica profesional
Durante muchos años sostuvo esa tarea docente, hasta que por razones personales y familiares se trasladó a Estados Unidos. Allí tuvo la oportunidad de realizar un posgrado en East Carolina University y también de desempeñarse como docente universitaria. “En esas estadías, tanto en Estados Unidos como en Europa, siempre fui yo la que buscó poder hacer cerámica”.
En paralelo, su vínculo con la arquitectura fue más acotado. Ya trabajaba intensamente en la escuela y acumulaba muchas horas de cátedra, a lo que se sumó el inicio de su vida familiar, y reconoce que la docencia le permitió compatibilizar mejor esos ámbitos: “la docencia te da esa posibilidad de ocuparte de tu familia”.
Decidió no dar clases particulares mientras trabajaba en el ámbito estatal. “Me parecía incompatible, sobre todo en una ciudad como Resistencia, donde el mercado del alumno de la escuela pública es el mismo que el de la escuela particular”.
Su producción personal, sin embargo, nunca se detuvo. Siempre tuvo su taller para  realizar obra y desarrolló trabajos aplicados: fue convocada para realizar premios, intervenciones vinculadas a la arquitectura y tareas de restauración. “Donde había que reemplazar azulejos, donde había que hacer alguna intervención cerámica…» recuerda, destacando el interés que le generaban esos proyectos.

Sargadelos, federalismo y redes cerámicas
Tuvo la oportunidad de viajar a España, donde fue seleccionada para realizar el seminario de Sargadelos, una experiencia que define como “maravillosa”.
“En un momento tuve una conexión con Ana María Divito y Alejandra Jones, que las dos habían hecho esta experiencia, y me dijeron: «te va a abrir mucho la cabeza”. En ese entonces, recuerda, Resistencia no tenía la movida cerámica que tiene hoy, y la distancia con Buenos Aires dificultaba la participación en actividades, incluso para quienes formaban parte del CAAC -Centro Argentino de Arte Cerámico-. Ahora todo es completamente distinto, el CAAC es mucho más federal que lo que era en ese momento y también cambió la tecnología, podemos  comunicarnos por Zoom o un video. Incluso conseguir materiales implicaba otro ritmo, antes había que hacer el pedido y esperar 15 o 20 días. Yo voy a cumplir 65 años, todo ha cambiado completamente de cuando empecé a trabajar ”.
En 2024, Mariel Tarela, junto con la comisión del CAAC, viajó al Chaco en el marco de la Bienal de Escultura, donde se realizó el «Salón del Pequeño Formato», del que Tere fue jurado.

Fragmentos y la construcción colectiva
Tere forma parte hace casi 12 años, del Grupo Fragmentos, aunque la mayoría de sus integrantes son de Buenos Aires. «A Buenos Aires le cuesta mucho abrirse y ponerse en la piel del interior. Hay intentos, pero nunca es suficiente”, comenta.
Todo comenzó a partir de una muestra que realizó el grupo en el Jardín Japonés. “Me gustó mucho el utilitario con la mirada del oriental, nosotros tenemos esto de la tacita que haga juego con la azucarera, con la tetera… un concepto muy ligado a la sociedad de consumo”. En cambio, “el oriental tiene otro concepto: la pieza es única y vale porque es única”.
Y la estética. Acá en Chaco, en el interior del país existe mucho de cultura japonesa. Tenemos una colectividad japonesa importante. Y estamos acostumbrados a ver ese tipo de cosas. A convivir con ese tipo de objetos.
A partir de ese interés, Silvia Jordán, de Oberá, la acercó al grupo Fragmentos y ella pidió entrar al grupo. Allí comenzó a trabajar con referentes como Jorge Nabel y Maxi Abbiati, y a construir amistades con colegas como Marta Harispe. En ese momento, en Resistencia la práctica cerámica tenía un desarrollo más limitado —“existía un grupo emergente, pero con otro enfoque, más como hobby, pero Fragmentos significó para mí un espacio de crecimiento y exigencia, y también me permitía obligarme a viajar a Buenos Aires”, señala, destacando la dinámica del grupo: investigar colectivamente sobre esmaltes, formas y procesos, y luego compartir los resultados.
Recuerda especialmente su primera muestra con el grupo en el Jardín Japonés: “mis piezas estaban en una bandejita… y eran cuatro yunomis míos y cuatro de otra persona… y era una unidad”. Esa experiencia de integración fue clave. Para Tere, esa posibilidad de “aunar criterios hasta ese punto” sigue siendo una de las dimensiones más valiosas de Fragmentos: “es una experiencia hermosa, significa muchísimo y me encantó esa forma de trabajar”.” 

La cerámica como lenguaje común
A partir de sus experiencias en distintos países, Tere rescata una idea central: “aunque hablemos coreano, japonés, chino, lo que sea, lo importante es lo que vos sentís”. La cerámica aparece, así como un lenguaje común: “nos comunicamos a través de la arcilla”, afirma, y al trabajar con el material reconoce “un modus operandi” compartido. “Yo nunca me sentí una extranjera en los lugares que estuve, y nunca me hicieron sentir una extranjera”; el idioma, asegura, “no era una barrera”.
Entiende que la forma de aproximarnos al material ya establece una manera de comunicarnos: “eso lo pude sentir, me ayudó”. En ese sentido, la cerámica la acompañó siempre a ser parte, a integrarse.
La docencia, atravesada por sus viajes a distintos lugares donde se trabaja la cerámica, le permitió aprender y enriquecerse constantemente: siempre uno aprende y se enriquece, yo todavía no pude viajar a China, es mi sueño y cuenta pendiente». 

Maestros y transmisión
En su recorrido, destaca especialmente la figura de Angelo Garzio, a quien conoció en la Argentina, en la Facultad de Arte de Oberá. “Una persona que a mí me marcó muchísimo fue un maestro… él vino con una beca Fulbright Program a trabajar a Oberá, y me marcó mucho.Yo en ese momento era muy joven, estaba empezando como docente, y aprendí muchísimas cosas de él. Muchísimas cosas de cómo encarar la enseñanza…”. Esa huella, señala, sigue presente en su práctica: “a veces escucho a mis alumnos decir, como decía Angelo, tal cosa. Para mí, él permanece vivo en las piezas de los chicos, y en eso consiste la maravilla de la docencia, en el legado, un buen maestro es inmortal” 

Lengua, territorio y herencia
“Nosotros estamos muy influenciados en esta zona por culturas originarias”.
Describe al guaraní como “una lengua maravillosa y muy complicada”, especialmente en su vínculo con la naturaleza: es una lengua sumamente poética, en la que existen “siete maneras de decir verde”, ligadas al tiempo y al entorno —“el verde después de la lluvia, el verde a la sombra…”—, algo que considera “casi imposible de traducir”.
Ese vínculo con el lenguaje y el paisaje está profundamente marcado por la figura de su padre. “Él siempre me decía: mirá, cuando vos vas a un lugar… si dice ‘ita’, vas a encontrar caolín, porque ‘ita’ es piedra blanca en guaraní”. Explica que se trata de un idioma descriptivo, donde los nombres están ligados al territorio: “definen el paisaje”.
Su padre —nacido en Formosa— hablaba varios idiomas y tenía al guaraní como lengua materna, ya que su madre era paraguaya. Más allá de lo científico, fue el primer conservacionista, y le transmitió una ética: “jamás tiraba un plástico. Si nosotros no cuidamos el suelo, las generaciones que vengan no van a poder comer”.  

La muestra
En relación con la muestra «Con el fulgor del paisaje en las manos», realizada en junio de este año, ella prefiere definirse “más como ceramista y como docente que como artista plástica”, acepta la propuesta de realizar la exposición, que surgió a partir de una invitación de la directora del Museo de Bellas Artes de Resistencia.
Al momento de pensar qué mostrar, retomó una línea de trabajo que venía desarrollando desde hacía tiempo: la serie de “las semillitas de deforestación”, atravesada por su historia personal y por su preocupación por el monte chaqueño. En sus palabras, ese trabajo está ligado a “lo que le transmitió su papá” y a “lo que está pasando en el bosque”.
Su interés por la transferencia de imágenes a la cerámica tiene un recorrido previo. Ya en 2012 había participado en un simposio en Avellaneda con una obra de “almohadoncitos”, basada en ese mismo recurso.
Así comenzó a gestarse la muestra, profundamente vinculada con su entorno. Para Tere, la obra dialoga directamente con el paisaje en el que vive: “el bosque que la rodea”, en una región que describe como “de naturaleza exuberante”.
La construcción de la muestra estuvo fuertemente acompañada por la mirada de su curador. “Creo que Gustavo Insaurralde me interpretó muy bien”, señala Tere, en referencia al periodista cultural de Resistencia, a quien admira por su capacidad de leer el trabajo de los artistas. Destaca especialmente su forma de trabajar: “se toma el trabajo de conocerte, te respeta en lo que vos querés hacer, en cómo lo querés mostrar”. Su presencia fue clave, sobre todo a la hora de pensar el montaje en una sala muy grande del museo.
Esa dimensión representaba un desafío. Como muchos ceramistas urbanos, trabaja con un horno pequeño, lo que condicionó el tamaño de las piezas. Frente a esa limitación, su búsqueda se orienta hacia lo íntimo. Evoca una experiencia en su juventud, cuando asistió a una charla de Jun Kaneko, quien planteaba que en Japón había dos maneras de observar la belleza: como una montaña, que obliga a levantar la mirada, o como “una pequeña flor de durazno en la palma de la mano”, que invita a bajarla. “Yo creo que mis piezas son como las flores de durazno, me gusta el detalle, lo pequeño… tienen una escala muy íntima”, afirma Tere.
La muestra tuvo una recepción muy positiva y fue, también, un gesto personal: “algo que yo me quería regalar”, después de haber acompañado durante años a tantos estudiantes a definir sus propias muestras.
El paisaje aparece como inspirador central de su obra. “Siempre me interesó la naturaleza: el paisaje, los animales, la tierra”, dice. En ese sentido, trabajar con materiales cerámicos se convierte en una forma de devolver algo de lo recibido: “una manera de devolverle a ese bosque, a esa tierra todo lo que nos da”.
En términos técnicos, la muestra está realizada en grés, trabajando con arcillas locales y técnicas de transferencia de imágenes. En las “semillitas de deforestación”, incorpora imágenes de máquinas, camiones y troncos cortados, vinculando lo poético con lo crítico. A la vez, se interesa por la luz del monte chaqueño: “cuando entrás al bosque ves cómo se filtra la luz”, explica, idea que también da origen al título de la muestra.
Esa búsqueda la llevó a trabajar con porcelana y piezas traslúcidas, donde la luz atraviesa el material “con la sutileza con que se filtra a través del bosque”. El resultado invita a una experiencia cercana y atenta: “existen detalles en las piezas, porque hay que bajar la mirada y acercarse”. Y allí aparece uno de los momentos que más disfruta: cuando el espectador descubre los detalles. “La gente se acerca a la semillita y dice: ‘ah, pero mirá, tiene una foto’… me encanta que vaya descubriendo cosas”.
El mes p´roximo, parte de esta muestra, participará en una exposición en el Museo de Bellas Artes de la Pcia de Corrientes.

La cerámica como constante vital
Más allá de sus proyectos y exposiciones, hay algo que se mantiene inalterable en su recorrido: su relación con la cerámica. Tere no dejó de trabajar con la cerámica en toda su vida: la define como una compañía constante. “No me concibo sin hacer cerámica”, afirma, y reconoce que no puede recordar un momento en el que no haya estado en contacto con la arcilla.
Si bien no vivió económicamente de la cerámica, también admite que nunca se lo propuso como objetivo central. “La vida a veces uno no la planifica, sucede”, reflexiona. Su trabajo en la docencia le dio estabilidad y, a la vez, libertad de elección. “Mi taller es fruto de mi trabajo en la cerámica: los hornos, los materiales, las herramientas…
Al mismo tiempo, observa que hoy el contexto es diferente. Cree que es posible vivir de la cerámica y menciona a exalumnos que lo están logrando. Señala cambios en el consumo: la presencia de vajilla cerámica en cafés o el interés por piezas hechas por ceramistas, algo que no era habitual en sus comienzos. “Antes nadie pensaba en encargarle un juego a un ceramista”, recuerda, en contraste con una época en la que predominaban modelos industriales o importados.
“Yo nunca viví de la producción cerámica, pero tampoco lo intenté…pero ¿por qué no contar la docencia como trabajo de cerámica? Porque en realidad enseñé cerámica, entonces sí, viví de la cerámica”, y resignifica su recorrido.

Presente y proyectos futuros
En cuanto a sus planes a futuro, Tere se encuentra atravesando un momento de intensa actividad. “Cuando empezás a trabajar, te surgen un montón de cosas… la inspiración te encuentra trabajando”, reflexiona. Muchas de las ideas que no llegaron a concretarse para la muestra actual formarán parte de esa próxima.
En relación con la docencia, continúa abierta a nuevas convocatorias. “A mí me encanta viajar”, dice, por lo que participa con entusiasmo en bienales o experiencias en distintos lugares, como ya lo hizo en Zapala.
Al mismo tiempo, se encuentra impulsando un proyecto junto a integrantes de la Sociedad Chaqueña de Escultores, orientado a explorar el uso de la cerámica aplicada a la escultura. La iniciativa está próxima a concretarse y refleja un interés creciente por ampliar los cruces entre disciplinas.

La Bienal del Chaco
En el Chaco, la Bienal Internacional de Escultura del Chaco se realiza desde hace más o menos 40 años. Con el tiempo, “se fue profundizando”: comenzó como una bienal de escultura en madera en la plaza y, poco a poco, fue creciendo, sumando participantes y ampliando sus actividades hasta convertirse en el evento que es hoy.
“Es increíble las cosas que hay, la gente que viene”, señala Tere, y destaca especialmente la feria de artesanías, que cuenta con curaduría y reúne producciones de gran calidad, no solo de Argentina sino también de otros países. 

Un momento clave para la cerámica
Tere considera que el presente es una oportunidad única para la cerámica en Argentina. “Creo que este es un momento que los ceramistas debemos aprovechar, sobre todo los jóvenes que están empezando”, afirma. Destaca especialmente el crecimiento de la cerámica de autor, aún en los bares pequeños… impensado hace 20 años.
También reconoce los cambios en el acceso al conocimiento. “Hoy ponés ‘glazy’ y te sale la receta, en contraste con una época en la que era necesario recurrir a bibliografía específica. Pero así como hay cosas fieles a la realidad, también aparece cualquier cosa y no sabés quién la publicó”.
En ese contexto, subraya la importancia de reconocer a los maestros. Menciona a Pedro Babenco, entre otros. “Uno no se da cuenta cuando enseña, hasta dónde va a llegar ese conocimiento…Tuve mucha suerte, mis maestros fueron muy generosos… inauguré mi muestra agradeciéndoles, porque sin ellos no hubiera estado acá”. 

Gracias, Tere, por compartir tu historia y tu manera de habitar la cerámica.
Entre el aula, el taller y el paisaje chaqueño, tu recorrido deja ver esa presencia constante de la arcilla como forma de aprender, de vincularse y de ser parte del mundo, con sensibilidad. Desde la Revista Cerámica, te abrazamos profundamente.