La Pachamama, palabra quechua que significa Madre Tierra, es la deidad andina que representa la fertilidad, la abundancia y la vida misma. Desde tiempos ancestrales, los pueblos originarios de los Andes le han rendido culto a través de ofrendas, rituales y ceremonias que celebran su generosidad y recuerdan la interdependencia entre el ser humano y la naturaleza. Esta tradición, transmitida de generación en generación desde mucho antes de la época prehispánica, continúa viva en las comunidades hasta el presente, como un acto de gratitud y respeto hacia la tierra que nos da sustento.
Para muchos fuera de nuestro continente, la palabra Pachamama puede sonar lejana o exótica. Sin embargo, en los Andes y en muchos pueblos originarios, Pachamama es mucho más que un concepto: es madre y cosmos, tierra fértil y universo que sostiene la vida. No se trata solo de un símbolo místico, sino de una manera de entender la existencia en relación con aquello que habitamos, cultivamos y transformamos.
El ceramista, incluso si vive en medio de ciudades de cemento y asfalto, no puede desligarse de esta relación. Cada vez que toca la arcilla, su gesto está enlazado con esa herencia milenaria de gratitud y reconocimiento hacia la tierra. Honrar a la Pachamama no es únicamente un acto ritual; es también reconocer que las piezas que modelamos —desde tiempos prehispánicos hasta la actualidad— han sido una manera de agradecer y devolver algo a esa madre que nos sostiene.
El ceramista en la ciudad: trabajar lejos de la tierra
Hoy, muchos ceramistas trabajan rodeados de edificios, autopistas y pantallas. Sus manos moldean el barro en talleres cerrados, lejos de los ríos, de las canteras o de los paisajes que vieron nacer la arcilla. Y, sin embargo, el contacto con el material nunca es neutro. La arcilla, aun en un contexto urbano, nos recuerda silenciosamente su origen: la tierra húmeda, los minerales, el fuego.
Ahí radica la pregunta esencial: ¿somos conscientes de lo que tocamos? No basta con formular, amasar o esmaltar como si el barro fuera solo una materia inerte. Cada fragmento de arcilla trae consigo un pedazo de territorio y de memoria. El ceramista que habita la ciudad debe aprender a detenerse, a agradecer y a reconectar, aunque sus pies no pisen diariamente la tierra.
Honrar en el hacer: continuidad desde los pueblos originarios
Los pueblos prehispánicos levantaron vasijas, cántaros y esculturas no solo como objetos utilitarios, sino como ofrendas, como signos de respeto hacia la Pachamama. Esas piezas contenían la fuerza de la tierra y, a la vez, la gratitud de quienes sabían que todo lo que poseían provenía de ella.
Esa continuidad no se ha roto. Hoy, cada obra de cerámica, incluso aquella creada en medio de la ciudad, es también un acto de reconocimiento. El simple hecho de modelar y transformar el barro es una manera de recordar que seguimos siendo parte de esa larga cadena de agradecimiento que atraviesa los siglos.
Conciencia más allá de lo místico
Hablar de la Pachamama no implica necesariamente un plano místico o religioso. Es, sobre todo, un llamado a la conciencia. El ceramista, más que cualquier otro, sabe que el material que trabaja no es ajeno ni indiferente. No es solo “barro que sirve” para alcanzar determinada textura, resistencia o color.
La arcilla nos devuelve a una verdad elemental: dependemos de la tierra. Esa conciencia debería acompañarnos en cada proceso, evitando que la rutina, las exigencias del mercado o la mecanización del oficio nos desconecten de lo esencial. Trabajar con arcilla es también trabajar con memoria y con una responsabilidad: no olvidar de dónde viene y hacia dónde vuelve.
Conclusión: crear como acto de gratitud
El mes de agosto dedicado a la Pachamama nos recuerda algo que los ceramistas sabemos, aunque a veces lo olvidemos: cada pieza es también una ofrenda. No importa si estamos en un taller rodeado de concreto o en medio de un valle fértil. Lo importante es que en cada obra podamos reconocer y agradecer a la tierra que nos da el material, la energía y la vida. Moldear arcilla es siempre un diálogo: entre manos y tierra, entre pasado y presente, entre gratitud y transformación. El reto está en no dejar que la costumbre lo vuelva invisible, y en seguir creando desde la conciencia de que toda cerámica, en el fondo, es una forma de honrar a la Pachamama.
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