Metodología, Técnica y Tiempo: La Cerámica Predinástica en la Obra de Flinders Petrie

Por Paolo Gastello Mazzei

Un pasado sin voz

El Egipto más antiguo no dejó relatos. No existían inscripciones ni crónicas que contaran quiénes vivieron en el Valle del Nilo entre el 4400 a.C. y el 3100 a.C. Para los arqueólogos del siglo XIX, era una tierra llena de tumbas y objetos, pero sin un orden claro. Era como un rompecabezas sin imagen guía.
Aun así, en medio de ese desorden, la historia parecía difícil de entender y llevó a buscar nuevas maneras de explorar el pasado.

Cuando la cerámica comenzó a hablar

La pieza que faltaba en ese tablero llegó con un hombre que no aceptaba la idea de un pasado ilegible: Sir Flinders Petrie. Arqueólogo británico, pionero del método estratigráfico moderno, figura incómoda por su precisión obsesiva y su disciplina casi feroz. Allí donde otros veían fragmentos, él veía patrones.
Y comprendió algo esencial: lo que la escritura aún no existía para narrar, la cerámica ya lo estaba contando.
Para Petrie, cada vasija predinástica era un registro técnico. Un gesto de taller. Una decisión consciente sobre pasta, forma o cocción. Una señal en una línea de tiempo aún invisible.
Con esa intuición encendida, creó su mayor aporte: el Sequence Dating.

Sequence Dating: una línea de tiempo hecha de barro

El método fue tan simple como implacable. Petrie clasificó miles de cerámicas predinásticas en grandes clases —B, N, R, P, C, D, W, L— según atributos estrictamente técnicos: cocciones, formas, acabados, engobes y decoraciones.

Cada Clase marcaba una etapa.
Cada etapa aclaraba un período.
Y cada periodo encajaba una pieza del rompecabezas.

De pronto, las vasijas tenían fecha. No escrita, sino inscrita en su propia técnica.

Clases que revelan una civilización

Clase B —borde negro brillante— demostraba control de atmósfera reductora.
Clase P —superficies pulidas— anunciaba talleres con un nivel técnico superior.
Clase D —vasijas crema pintadas— revelaba una estética ya madura y simbólica.
Clase W —asas onduladas— narraba el tránsito de la función al ornamento.
Clase L —formas estandarizadas— anticipaba la era de los primeros faraones.

Era la evolución de un oficio convertida en cronología arqueológica.

Un legado que sigue marcando el ritmo

Hoy contamos con carbono-14, espectrometría y análisis mineralógicos que Petrie jamás imaginó. Sin embargo, la Secuencia sigue siendo el esqueleto básico para leer la cerámica egipcia predinástica. No se trata de nostalgia académica; se trata de reconocer que los cambios técnicos son un lenguaje del tiempo.
La cerámica es un archivo que no se deteriora fácilmente, un testigo silencioso que conserva más información de la que aparenta.
Y Petrie tuvo la lucidez —y la audacia— de escucharlo.

La cerámica fue su brújula. Y al entenderla, Petrie abrió una grieta luminosa en uno de los períodos más oscuros del Valle del Nilo.

El ejemplo de Petrie invita a mirar nuestros propios territorios: desde los Andes hasta Mesoamérica y más allá del Atlántico, el barro antiguo también conserva su cronología secreta. Las corridas de cocción, los engobes regionales, las pastas mezcladas con materiales locales, las transiciones entre formas utilitarias y rituales… todo habla de evolución cultural. Cada país tiene su propio “Sequence Dating” esperando ser leído, aunque no lo llamemos así. Basta mirar con la misma lucidez con la que Petrie miró el desierto para entender que la historia siempre está ahí, impresa en la cerámica, lista para revelar de dónde venimos y cómo fuimos transformando la materia en lenguaje.