Hay obras que nacen de una idea y otras que nacen de una historia. La cadencia de la camelia, segunda muestra individual de la artista ceramista Lorena Cámara, con más de cuatro décadas de trayectoria, pertenece a estas últimas: una obra construída en el tiempo, en la naturaleza y en los vínculos familiares.
El sábado 19 de septiembre de 2026, se inauguró en Fractales – Cooperativa de Cerámica, la muestra “La candencia de la camelia. El té, la tetera, la taza, la ceremonia”, y podrá visitarse hasta el 10 de octubre de 2026.
De origen irlandés y radicada en Rojas, Pcia de Buenoas Aires, junto a su esposo, el también ceramista Guillermo Mañé, Lorena encontró en los árboles que ambos habían plantado una materia capaz de narrar. Aquellos árboles, cuidados y acompañados en su crecimiento, terminaron convirtiéndose en parte esencial de su lenguaje artístico.
El punto de partida fue una conversación con la artista Ester Bonomo, quien le dijo: “tenés que hacer algo con todo esto”. Así comenzó a trabajar con las cortezas de esos árboles, llevando sus texturas directamente a la arcilla e imprimiendo sobre ella las huellas del bosque. De ese procedimiento nacieron las piezas de esta serie: teteras de apariencia rústica, de fuerte presencia material, cuyas superficies conservan las marcas de la naturaleza.
La corteza se transforma en huella. La huella, en memoria.
Pero en La cadencia de la camelia la naturaleza no aparece solo como paisaje: también como fragilidad. Los incendios forestales, la pérdida de los bosques y las imágenes de territorios arrasados por el fuego —una realidad demasiado cercana en nuestro país— atraviesan silenciosamente estas piezas. Hay en ellas algo del árbol que permanece aun cuando el árbol ya no está: una memoria grabada en la tierra, una piel trasladada a la cerámica.
Y allí aparece el fuego, inevitable. El mismo fuego que transforma la arcilla y convierte lo frágil en cerámica es también aquel que puede destruir un bosque. En esa tensión entre creación y destrucción se instala buena parte de la fuerza de la obra.
Sin embargo, La cadencia de la camelia también habla de una tradición íntima: la del té.
Para Lorena, la tetera no es un objeto utilitario, sino un símbolo profundamente ligado a su origen irlandés y a una tradición familiar en la que compartir el té constituye un modo de encontrarse, conversar y transmitir afectos. Las hierbas de la región, el agua, la tetera, la taza y el tiempo necesario para preparar una infusión conforman una pequeña ceremonia cotidiana. Una ceremonia que también atraviesa su proceso creativo.
La camelia, planta de la que provienen las especies utilizadas para producir té, completa este universo simbólico en el que naturaleza y cultura se entrelazan. La hoja, el agua, la arcilla y el fuego establecen una cadena de transformaciones que culmina en un objeto destinado, paradójicamente, a reunir a las personas alrededor de una mesa.
La muestra es también un homenaje a su madre, realizado en vida, y por eso la idea de transmisión adquiere una dimensión más profunda. No se trata solo de recordar un origen, sino de celebrar aquello que continúa pasando de una generación a otra.
Las tres hijas de Lorena participan indirectamente de esta historia y enriquecen la muestra desde distintos lenguajes:
* Irina aporta la palabra. Su poema Oda al té acompaña la exposición y convierte la ceremonia en experiencia sensible, donde la tetera deja de ser objeto para convertirse en refugio, encuentro y afecto.
* Luciana, desde la cerámica, incorpora su propia mirada con una tetera que contiene en su interior la figura de una nadadora, estableciendo un diálogo poético con el agua, el movimiento y el universo familiar.
* Paulina, por su parte, construye una obra gráfica en la que aparece la abuela irlandesa, recuperando la imagen y la memoria de esa mujer que pertenece a la genealogía familiar.
Así, la muestra deja de ser únicamente una exposición individual: se convierte en una trama de voces. Madre, hija, abuela; árbol, corteza, arcilla; té, agua y fuego. Diferentes generaciones y lenguajes artísticos se encuentran alrededor de una misma memoria.
En este sentido, las teteras funcionan como verdaderos contenedores de historias. Contienen agua, té, aromas; pero también tiempo, recuerdos y vínculos. Son objetos destinados a servir, compartir y ofrecer. Y quizás allí reside una de las claves más conmovedoras de la obra: en una época atravesada por la velocidad, Lorena recupera el valor de detenerse.
Preparar el té exige una pausa:
esperar que hierva el agua,
elegir las hierbas,
dejar que el tiempo haga su trabajo,
servir, compartir.
La cadencia es justamente eso: un ritmo que vuelve, una respiración, una sucesión de pequeños gestos que construyen experiencia. Y cuando la ceremonia comienza, las piezas encuentran su sentido más profundo: ya no son solamente cerámicas nacidas de la corteza de los árboles, sino objetos que vuelven a poner en circulación aquello que las originó: naturaleza, familia, memoria y encuentro.
Como escribe Irina:
“Ya comienza la ceremonia,
las tazas colocadas en su lugar
reciben la pócima
que sabe a abrazo eterno.”
Quizás allí, en ese abrazo, se encuentre la verdadera cadencia de esta muestra: la de aquello que permanece y continúa pasando de mano en mano, de madre a hija, de árbol a arcilla, de una generación a otra.
Porque hacer una muestra es también dejar verse a través de la obra.
Oda al té
Conjunto de hierbas divinas
Que reposan ligeras
En agua destellante
Son ellas las únicas capaces
De encender la recóndita hoguera
Que despierta la sensibilidad.
La pava manifiesta enérgicamente
que está a punto
Y las hierbas yacen impacientes
Esperando desprender
Su aroma cálido y adormecedor.
Musical es el momento
En el que el agua
Abandona la llama
Y con armoniosa delicadeza
Mana ligera hasta llegar a casa.
Es casa la tetera
donde el agua descansa serena
Mientras ella, elegante,
Con un sobretodo a medida,
Le otorga su dulce cobijo.
Ya comienza la ceremonia,
Las tazas colocadas en su lugar
Reciben la pócima
Que sabe a abrazo eterno
Irina Mañè













































