Gioconda

por Julio Gómez - 11/2004

Este asunto que les voy a relatar me ocurrió hace años, cuando todavía era bastante joven, y lo vuelvo a recordar ahora que todavía soy bastante viejo.
Había oído hablar de ella muchas veces y en nuestro medio se la consideraba una verdadera maestra. Por una de esas extrañas circunstancias nunca había podido apreciar ninguna de sus cerámicas que al decir de los entendidos eran muy buenas.
En otra oportunidad un colega ya me había comentado que era una ceramista diferente pues tenía conocimientos de tecnología que aplicaba a sus esmaltes y decoración con muy buen criterio y resultados. Todo este bagaje de referencias incentivó mi interés y decidí visitarla para conocerla personalmente. Los días martes tenía alumnos y preferí ese día para verla en acción. Cuando llegué a su taller la encontré rodeada por los alumnos y al observarla detenidamente pude apreciar su porte sereno, su expresión apacible y esa cautivante semi-sonrisa que semejaba una moderna y bellísima Gioconda.
Cuando me acerqué a saludarla me miró sin decir palabra, esbozó un gesto de simpatía y de inmediato comprendí que estaba en presencia de una mujer extraordinaria. Fascinado por sus encantos no atiné a hacer comentarios y finalmente , con cierta incomodidad, me despedí respetuosamente.
Los días subsiguientes no la podía borrar de mis pensamientos y lo único que se me ocurrió fue volver a su taller para poder verla otra vez. Cuando la encontré nuevamente, siempre rodeada de sus alumnos, se la notaba diferente, hablando a los gritos y gesticulando con vulgaridad, iba de un lado a otro con ademanes histéricos. Sorprendido por el cambio me acerqué a uno de sus alumnos, al que conocía de antes, y le pregunté que le pasaba.
Me explicó que nada, que ella era siempre así. Cuando le dije que en la ocasión anterior, al conocerla, se la veía mucho más calma y silenciosa se rió y me comentó que en esa oportunidad se le había roto la dentadura postiza y hasta que no se la arreglaron no recobró su modalidad habitual.
Profundamente decepcionado me escabullí fuera del taller procurando que nadie me viera.
Más tarde, ya de regreso, intenté consolarme reflexionando acerca de lo engañoso que pueden resultar los amores a primera vista.