¡Alguien dijo: «no existe» y se picó!

por Diego Armentano - @diegoe_ceramica Junio 2026

Obra de Rafa Perez
Obra de Rafa Perez

Con motivo de una investigación que estoy realizando sobre la ceramicidad, di con un debate que se suscitó en los números 21, 22 y siguientes de esta revista. Aquellos números pertenecen a la etapa impresa de la publicación, que editó 40 números entre 1999 y 2009.
Veinte años pasaron y me encuentro navegando en aguas turbulentas que no son nuevas.
La cosa fue así:

Uno dijo que no existe.
Otro dijo que sí, y era esto.
Otro dijo que sí, y era aquello.
Un cuarto dijo que acá hay confusión.

Por último, alguien dijo: no jodamos más, tomemos prestado el lenguaje de otro lado y listo.
Así quedó.

Veinte años después, frente a las fronteras porosas de la contemporaneidad —donde disolver lo específico se convirtió en virtud y la cerámica aprendió a no reclamarse a sí misma—, reinstalar esta conversación se vuelve necesario.
Pero hay una razón para que el debate quedara en ese estado de suspensión.
El lenguaje cerámico existe, pero nunca fue articulado como sistema. Se transmite por la práctica, por imitación, por años de hacer. Nadie lo codificó. Y lo que no está codificado es invisible para quien lo busca desde afuera.

Resulta que…

En 2004, un hombre llamado Pablo Campos publicó en esta revista que el lenguaje cerámico no existe.
Lo dijo con orden. Lo dijo con fundamentos. Y tenía razón en todo, menos en lo que importaba.
Pablo argumentó con precisión:
«El lenguaje es comunicación y la comunicación tiene que ver con los símbolos y los significados, no con los procedimientos y las técnicas con que fueron elaborados».
De ahí concluyó que la cerámica pertenece al lenguaje visual, donde lo cerámico —el procedimiento— «deja de existir como vedette en función de la idea expresada».
Campos también dijo:
«Desde mis tiempos de alumno, escuché hablar del lenguaje cerámico, y jamás nadie me dio una explicación seria de qué es lo que se intenta decir con esa fórmula tan cargada de solemnidad, que durante algunos años creí verdadera».
Con esta afirmación revoleó un palito para las áreas de formación. Lo que esbozó, dicho de otro modo, fue: la cerámica es un medio. El mensaje viene de otro lado.
El problema no era la conclusión de Campos. Era la definición de lenguaje con la que operaba: una definición semiótica, general, que no distingue entre comunicar y producir sentido. En las artes, lenguaje no es código. Es un conjunto de operaciones que generan algo que no puede decirse de otro modo.
¡Y se picó!

Guillermo Mañé le respondió que se equivocaba: que «el componente técnico es indisoluble del hecho estético, que cuando los flamencos desarrollaron la pintura al óleo cambió completamente la manera de pintar, y que negar el lenguaje cerámico es caer en el error común a nuestra cultura occidental y visual, negando las posibilidades táctiles e incluso sonoras que posee la cerámica».
Tenía razón. Pero ¿alcanzó eso para demostrar la existencia del lenguaje cerámico?

Emilio Villafañe lo nombró desde otro lugar: «La presencia del fuego no es solo una determinación tecnológica o técnica solemne; trasciende, desde el flameado que puede acariciar la piel de una forma o la gota de sudor de algún esmalte que transita, a veces azarosa, por el cóncavo de un objeto».
Hermoso. Coincido y adhiero. Pero la poética no alcanza para zanjar esta discusión.

Julio Gómez fue el más honesto al admitir la confusión. “La expresión lenguaje cerámico se usa en el campo en relación a las características sensoriales del material, con prescindencia del mensaje, resultando de esta manera totalmente subjetivo». Y concluyó, conciliador, “que lo más importante es respetar la calidad del material cerámico utilizado».
La calidad. Siempre la calidad. Como si eso resolviera algo.

Por último, y no menos importante, apareció Verónica Capparelli que remató el debate con la sentencia que el campo terminaría eligiendo: “los materiales y técnicas específicas de la cerámica pasan a ser un simple medio para expresar ideas evaluables con los mismos parámetros que cualquier obra plástica”. Y advirtió que “los ceramistas se inmovilizan por asirnos a ciertos conceptos tradicionales, lo que hace que la cerámica siga siendo considerada arte menor».

Ahí entendí cómo el lenguaje cerámico entró en una zona nebulosa. La cerámica pidió disculpas por ser cerámica. Y con esa operación compró su entrada a las bienales.

Veintidós años pasaron y me encuentro tirando del ovillo: el lenguaje cerámico existe; al menos esa es la hipótesis a la que me conduce la práctica.

No se trata de una teoría consolidada ni de una definición aceptada por consenso dentro del campo. Por el contrario, parte de esta investigación surge precisamente de advertir que no hay una descripción clara de aquello que llamamos lenguaje cerámico. No he logrado encontrar, en la bibliografía y los materiales que pude relevar, formulaciones que lo describan de manera sistemática y verificable.
Se lo invoca, se lo defiende, se lo niega, se lo intuye, pero rara vez se explicita cómo estaría constituido o cuáles serían sus elementos. Lo más llamativo es que el campo habla de él desde hace años sin haber producido una formulación sistemática de su funcionamiento. Se transmite. Se practica. Se reconoce. Pero casi nunca se describe.

¿Con qué elementos me animo a sostener esta hipótesis?
Primero, con la práctica: las horas de taller, los procesos, los errores, las pruebas fallidas y los logros.
Segundo, con la observación de obras cuyo sentido parece depender de condiciones específicamente cerámicas y no solamente de las ideas que representan.
Tercero, con una constatación sencilla: algunas operaciones cerámicas no pueden trasladarse a otro medio sin una pérdida significativa. Eso es irreductibilidad. Y cuando algo es irreductible, aparece la sospecha de un lenguaje.
Por último, con el propio debate que motivó estas páginas: durante más de veinte años, distintos autores discutieron sobre la existencia del lenguaje cerámico sin lograr establecer una definición compartida. Sin embargo, todos parecían señalar, desde distintos lugares, un mismo territorio aún insuficientemente descrito.
Y si hay lenguaje, entonces posiblemente posea vocabulario y gramática, aunque todavía no hayamos logrado formularlos con claridad.

Pero hay una dificultad anterior: no se puede hablar de lenguaje cerámico sin antes saber qué es la cerámica. Y esa pregunta, en el campo de las Artes, todavía no tiene respuesta acordada.
Lo que sigue debe entenderse en ese sentido: no como una definición cerrada, sino como un intento de construcción.

Llamo lenguaje cerámico al conjunto de posibilidades que emergen de las condiciones específicas de la materia cerámica y de su transformación. Cuando una obra nace desde esas posibilidades —y no a pesar de ellas—, produce algo que no puede traducirse íntegramente sin pérdida. No es la práctica, ni las técnicas, ni los procesos, ni los materiales. Eso es el oficio.
No sé todavía cuáles son todas sus palabras. No sé todavía cuáles son todas sus reglas. Pero algo me dice que empiezan a aparecer allí donde observamos transformación, permanencia, fragilidad, deformación, densificación, tensión, sedimentación, contención o colapso operando como productores de sentido, y no solamente como fenómenos técnicos. Lo descubro, no sin esfuerzo, en mi práctica diaria. Y no saben cómo se me desacomodan las fichas: muchas discusiones empiezan a verse distintas, muchas certezas dejan de serlo y cosas que parecían evidentes necesitan volver a pensarse.

No soy académico. No soy referente del campo. Hablo desde el hacer, desde los descubrimientos y cómo emocionan.
Tal vez, precisamente por esto, me animo a abrir esta conversación. Y a agregar, modestamente, algo a una discusión que lleva más de veinte años sin resolverse.
Un lenguaje no articulado es un lenguaje expuesto. No puede dialogar en pie de igualdad con otras disciplinas ni resistir las categorías que vienen de afuera. La interdisciplina requiere que cada parte llegue con algo propio para poner en juego. Sin eso, no hay intercambio: hay absorción.
Ya no me resulta suficiente aceptar que este conocimiento siga circulando únicamente por intuición, tradición o cercanía al oficio. Necesita ser pensado. Nombrado. Discutido.

Invito —como si fuera una fiesta, porque lo es— a otros hacedores, investigadores y pensadores del campo a sumar sus voces a este debate. A formular aquello que durante tanto tiempo dimos por sabido sin haberlo dicho.

 

El lenguaje cerámico no existe